PATÉ DE LENTEJAS ROJAS


de Zaira

PATÉ DE LENTEJAS ROJAS

(para 4 personas)

INGREDIENTES

  • 250 gr lentejas rojas Amío
  • 2 zanahorias
  • 1 rama de apio
  • 1 ramita de salvia
  • 1 ramito de perejil
  • 2 ramitas de romero
  • 1 cebolla roja
  • medio vaso (100 ml) de vino blanco
  • 200 ml de salsa de tomate
  • 100 ml de agua
  • 5 cucharadas de aceite de oliva virgen extra
  • sal y pimienta

PREPARACIÓN

  1. Lavar y escurrir las lentejas secas (el remojo no es necesario) y dejarlas aparte.
  2. Lavar todas las hierbas aromáticas separando las hojas de los tallos y picarlas con un cuchillo media luna junto con la cebolla y el ramo de apio, dejando aparte un poco de perejil.
  3. Pelar y lavar las zanahorias y rallarlas.
  4. En una olla grande con los bordes altos, sofreír a fuego medio la cebolla, el apio, las hierbas aromáticas picadas y las zanahorias ralladas junto con 5 cucharadas de aceite de oliva virgen extra, hasta que las verduras estén bien salteadas.
  5. Añadir las lentejas, echar el vino blanco y cocer a fuego vivo para que se evapore completamente.
  6. Añadir la salsa de tomate, el agua, la sal y la pimienta y cocer a fuego lento y con la tapa mezclando de vez en cuando durante 20 minutos aproximadamente. Quitar la tapa y cocer otros 5 minutos, mezclando siempre, para hacer evaporar completamente los líquidos.
  7. Quitar del fuego y batir usando una batidora de pie hasta obtener una crema densa.
  8. Dejar enfriar y untar en picatostes de pan caliente untados anteriormente con un diente de ajo, condimentando, según su gusto, con un poco de perejil fresco y un hilo de aceite. O bien, conservar en un frasco de cristal con la tapa cubriendo la superficie del paté con un poco de aceite de oliva virgen extra. Se mantiene en frigorífico durante 4/5 días.

Mientras el color vivo de las lentejas parecía concentrar toda su atención, miró hacia afuera, a través de la pequeña ventana, lejos.
Sus zapatos, aquellas botas que adoraba, se mojaban enseguida, sobre todo en las puntas, y así, cuando cambiaban de color, parecían zapatos de tip tap. Entraba y salía del jardín como una esperanza ligera. A veces venía a recoger solo un poco de salvia, romero o tomillo y después, pasando por el cobertizo, recogía una cabeza de ajo y unas cebollas.

El follaje que en verano se transformaba en un jardín vigoroso, descendía lentamente obligado por el peso del rocío de la madrugada. Las plantas mostraban su fragilidad, doblándose sobre los tallos empapados, ya secos y oscuros. Era la entrega a la nueva estación.

A veces alguna tórtola volaba de repente de entre las hojas de los árboles. Sorprendida por el ruido de los pasos, volaba lejos. Y así era ella la que se sorprendía y sentía un ligero estremecimiento.

A lo mejor, en aquel momento, caminando por aquel lugar, entre el rocío matutino de las hojas, el aleteo inesperado, habría podido sentir, junto con todo esto, esa parte suya que había permanecido viva, pero oculta, como dormida. Puede que fuera eso lo que, después de tantos siglos, podía sentir como un fragmento, la memoria de su “lado salvaje”. Era una sensación secreta, penetrante y fresca como el aroma de la salvia frotada entre las manos.

Habría podido imaginar que estaba caminando desde hacía días, libre, a pie, sin tiempo ni miedo, por valles infinitos, en busca de algo. A lo mejor solo de leña y comida.

La entusiasmaba incluso la idea de ser sorprendida por algo inesperado. A veces era suficiente solo un sonido, incluso solo un poco de viento, un movimiento danzante de las cimas de los árboles lejanos o de las flores silvestres, como si se tratara de un velo invisible que ha rozado las cosas. El “sentido salvaje” que vivía en ella se podía despertar con poco: la punta de las botas mojadas o el frío punzante en los dedos o en la nariz.

Quería resistir, pero al mismo tiempo quería volver al calor, el pan ya debía estar casi cocido. Entonces la cocina se llenaba de aromas, mientras el rojo vivo de las lentejas en el fuego se transformaba en naranja brillante y después, solo al final, en una crema para untar en el pan.

Soy Zaira Zarotti,

Photographer & Visual Storyteller, Autora del blog The Freaky Table.

La belleza efímera de las cosas simples y cotidianas, de las cuales la comida es sin dudas una parte importante, es para mí un pretexto de prospección visual e interior. La comida es un sustento seguro, pero es también cultura y nos representa más de lo que podemos imaginar. La fantasía de las legumbres en la cocina no tiene límites para mí. Hoy, más que en el pasado, son la sana respuesta proteica a las necesidades de alimento para todos, sin el derroche de enormes recursos en ventaja de pocos. Tienen memorias de antiguas sabidurías y nuevos retoños de conocimientos. Son ya un futuro sostenible, que respeta la Tierra y le agradece.